Los hechos indican que la guerra civil en Siria no puede parar; que está a
punto de entrar en vigor un plan de intervención militar extranjera a muy corto
plazo.
En la retórica política se justifica, aludiendo insistentemente al
hipotético empleo de armas químicas que EE.UU. quiere atribuir al gobierno de Bashar al-Assad, como
hace años lo hizo con las inexistentes ‘armas de destrucción masiva’ que iba a
utilizar Sadam Husein (coincidentemente de la misma línea política nacionalista, socialista y laica).
En la práctica militar, se deduce de varios hechos
comprobados: el despliegue de misiles Patriot de la OTAN en la frontera
turco-siria, el asentamiento de más de 10.000 hombres en Jordania y Líbano, a
los que se unirían los 3.500 estadounidenses que ya no tienen función en Irak, listos todos
para ocupar Siria, y la disponibilidad del ejército israelí para destruir las
instalaciones militares sirias.
Todo indica que EE.UU., que ha vacilado durante meses por el
riesgo de un colapso fiscal, más la OTAN e Israel, han terminado por aceptar el
belicoso discurso desplegado desde hace meses por Francia, Reino Unido y Qatar
de intervenir militarmente y resolver el conflicto de la peor manera posible.
A ello contribuye la presión del calendario. De seguir con
el estancamiento actual se “corre el riesgo” de que, tras la toma de posesión
presidencial de Obama y la formación de nuevo gobierno, otras potencias
internacionales exijan la implantación del Plan de Paz de Ginebra (Junio 2012),
postergado por las elecciones presidenciales norteamericanas, que prevé el
despliegue de una fuerza de paz de la ONU para separar a las fuerzas
beligerantes y expulsar a los yihadistas extranjeros. Y como dicha fuerza de
paz estaría formada por contingentes de la Organización del Tratado de
Seguridad Colectiva, supondría la reinstalación en Siria de tropas rusas, lo
que, de ninguna manera desea el Pentágono, ni la OTAN.
Para evitar ese escenario, el imperialismo occidental
(estadounidense y europeo) prepara una intervención militar que ocupe el país,
lo fragmente o lo desintegre como estado e instale un gobierno dócil a
Occidente y belicoso con el último objetivo en Oriente Medio: IRAN. Continuaría así su política de desmontaje de estados sólidos, cuando no son sumisos, para convertirlos es “estados fallidos”, lo que permitiría su control de forma duradera, sea para adueñarse de sus recursos naturales, sea para expandir su hegemonía política por la fuerza de las armas.
La muerte de 80.000 personas, heridos y refugiados, ¡¡son nada más que un "daño colateral"!!
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